EL CLAVO
Durante un verano caluroso, se preparó para la llegada de las hormigas que siempre entraban en su casa en busca de algunas cosas dulces, como el azúcar o algunas frutas; dejaba casi siempre para el final éstas, antes consumía los dulces procesados; por esta razón no le resultaba nada extraño que éstas desde el patio olieran la fruta azucarada, y días después su alacena se encontraba invadida.
Hacía tiempo se había acostumbrado a su casa silenciosa, sola, a excepción de los fines de semana que algún vendedor tocaba la puerta, le escuchaba con atención pero nunca le convencían, era una persona bastante difícil de engatusar, rara vez había gente en su casa, le molestaba demasiado el ruido, pero en realidad le molestaba más el no poder atender a las visitas al mismo tiempo, le desagradaba de sobremanera el no ser parte de la conversación, pero nunca lo mencionó.
El verano fue inusualmente caluroso, pero casi al final comenzaron las peores lluvias, tanto que en ocasiones por la puerta que daba a la calle el agua lograba colarse, se hartó de esta situación, pero debido al trabajo, únicamente en los fines de semana podía hacer las reparaciones necesarias, entraba muy temprano y salía rara vez muy tarde, aún así entre semana sólo tenía el tiempo suficiente para las labores más simples, como lavar los platos o poner la ropa en la lavadora.
A fin de cuentas nunca le gustó la lluvia.
Creaba humedad y aparecían de pronto muchas ranas cerca de su enredadera, ahí escondidas, nunca les hizo nada.
En una ocasión se cansó de la lluvia, esa ocasión había olvidado el impermeable, y como sólo llevaba un abrigo ligero, se mojó lo suficiente como para enojarse, fue entonces que había decidido obtener un perchero, para poder acomodar el futuro paraguas que compraría, así como la ropa de lluvia.
A falta de tiempo improvisó con un clavo a manera de gancho, tuvo que taladrar, colocó un taquete y clavó, aproximadamente a un altura de 1.20 centímetros, lo suficiente, para que cuando obtuviera el perchero, no se notara donde estaba el agujero anteriormente, cenó y se fue a dormir.
A la mañana, despertó como lo hacía usualmente, pensando por que las noches siempre eran tan cortar al amanecer, afortunadamente durmió tan profundo que cuando llegó al recibidor, se enfadó, pues el agua se había colado por debajo de la puerta, como tenía el mal hábito de andar sin zapatos, pisó el agua, enseguida se asomó por la mirilla de la puerta, había olvidado dejar un paño para que absorbiera el agua.
En su descuido resbaló por no posar los pies completamente en el suelo, siempre de puntillas, primero fue hacia la puerta, pero logró mantener el equilibrio, fue entonces que no midió el tamaño del escalón y el peso de su cuerpo le hizo pisar falsamente, buscando el nivel del suelo hacia atrás...
Resbaló y ese momento le pareció una eternidad...
Cayó.
Su cabeza dio para mala fortuna con el clavo, cayó de nuca, el occipital se hundió suavemente en el metal un poco oxidado, perdió la vista, sintió miedo y después murió.
Hacía tiempo se había acostumbrado a su casa silenciosa, sola, a excepción de los fines de semana que algún vendedor tocaba la puerta, le escuchaba con atención pero nunca le convencían, era una persona bastante difícil de engatusar, rara vez había gente en su casa, le molestaba demasiado el ruido, pero en realidad le molestaba más el no poder atender a las visitas al mismo tiempo, le desagradaba de sobremanera el no ser parte de la conversación, pero nunca lo mencionó.
El verano fue inusualmente caluroso, pero casi al final comenzaron las peores lluvias, tanto que en ocasiones por la puerta que daba a la calle el agua lograba colarse, se hartó de esta situación, pero debido al trabajo, únicamente en los fines de semana podía hacer las reparaciones necesarias, entraba muy temprano y salía rara vez muy tarde, aún así entre semana sólo tenía el tiempo suficiente para las labores más simples, como lavar los platos o poner la ropa en la lavadora.
A fin de cuentas nunca le gustó la lluvia.
Creaba humedad y aparecían de pronto muchas ranas cerca de su enredadera, ahí escondidas, nunca les hizo nada.
En una ocasión se cansó de la lluvia, esa ocasión había olvidado el impermeable, y como sólo llevaba un abrigo ligero, se mojó lo suficiente como para enojarse, fue entonces que había decidido obtener un perchero, para poder acomodar el futuro paraguas que compraría, así como la ropa de lluvia.
A falta de tiempo improvisó con un clavo a manera de gancho, tuvo que taladrar, colocó un taquete y clavó, aproximadamente a un altura de 1.20 centímetros, lo suficiente, para que cuando obtuviera el perchero, no se notara donde estaba el agujero anteriormente, cenó y se fue a dormir.
A la mañana, despertó como lo hacía usualmente, pensando por que las noches siempre eran tan cortar al amanecer, afortunadamente durmió tan profundo que cuando llegó al recibidor, se enfadó, pues el agua se había colado por debajo de la puerta, como tenía el mal hábito de andar sin zapatos, pisó el agua, enseguida se asomó por la mirilla de la puerta, había olvidado dejar un paño para que absorbiera el agua.
En su descuido resbaló por no posar los pies completamente en el suelo, siempre de puntillas, primero fue hacia la puerta, pero logró mantener el equilibrio, fue entonces que no midió el tamaño del escalón y el peso de su cuerpo le hizo pisar falsamente, buscando el nivel del suelo hacia atrás...
Resbaló y ese momento le pareció una eternidad...
Cayó.
Su cabeza dio para mala fortuna con el clavo, cayó de nuca, el occipital se hundió suavemente en el metal un poco oxidado, perdió la vista, sintió miedo y después murió.
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